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Crítica de Solo los amantes sobreviven: Vampiros hipster y decadentes

Que no les engañe la sangre y colmillos, esta no es una película de vampiros. Solo los amantes sobreviven es ante todo y sobre todo una película de Jim Jarmusch.
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El director de Ghost Dog o Flores rotas nos presenta su particular visión de los chupasangres. Una inconfundible aproximación alejada de la voracidad del monstruo de Stroker, del gótico romanticismo del que le dotó Coppola y, por suerte, de todo lo que para el género supuso La Saga Crepúsculo.

El resultón Tom Hiddleston y la siempre excelsa Tilda Swinton son los protagonistas de una sempiterna historia de amor. Rescoldos de una vampírica pasión que ha visto varios siglos y que ahora se mueve espesa, lenta, con toda la pausa que puede tomarse quien sabe que tiene a su disposición todo el tiempo del mundo.

DETROIT, CIUDAD FANTASMA

Lo hacen en la semidesierta y ruinosa Detroit: la antaño cuna de la industria automovilística es ahora una ciudad casi fantasma. Otra víctima de la crisis que se presta como escenario decadente y totalmente ideal para enmarcar la sensación que a través de sus vampiros busca transmitir Jarmusch: melancolía existencial, hastío de vivir, pesimismo endémico.

Mia Wasikowska (Stoker, Alicia en el País de las Maravillas) encarna a la hermana pequeña, y también adicta a la sangre, de Swinton que irrumpe en escena para romper la decadente y ancestral monotonía de los eternos amantes y también -por qué no reconocerlo- el tedio del espectador.

Y es que en Solo los amantes sobreviven hay unas buenas actuaciones, algunos colmillos clavados en la yugular, una genial banda sonora, un mensaje en favor de las ciencias y las artes, un poso de moralina ecologista, toques de presunta sofisticación..., en definitiva, un buen puñado de elementos destacables. Pero también hay tremendos bajones y tiempos muertos que hacen de la película una pastosa narración.

LA RESACA ETERNA

Por momentos parece que estemos tirados en el sofá junto a estos dos yonkis de la hemoglobina padeciendo una monumental resaca de 120 minutos. Y en mitad de esa desazón, entre la melancolía y la penumbra, lo más reconfortante es abrazarnos a la certeza de que todo forma parte de la singular y esperada marca de la casa.

Solo los amantes sobreviven es, para bien y para mal, una película de Jarmusch. Solo sus incondicionales (y los más pacientes) sobrevivirán.

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